El día que parecía que Dios habitaba en el mundo.


Estábamos en medio de una húmeda tarde de agosto, de las hojas de los arboles resbalaban gotas de agua de lluvia, caían al suelo explotando como minúsculos universos en pleno big bang. 

Su párvula piel morena vaciaba rápidamente mi mente en ese instante y me miraba recargando su cara en su mano izquierda. Yo la observaba inmutable, tratando de descifrarla. Sus pupilas me sugerían algo en algún idioma proveniente de alguna llanura latinoamericana, yo desconocía esa lengua.

Se acerco lentamente hacia mi, yo me quede quieto, inmóvil como un árbol observando la inmensidad del cielo en una vida eterna. Sus labios rozaron poco a poco los míos. Su pequeña lengua apaciguaba mi estrés. Su delirante calma de un momento a otro me atrapo, fue ahí cuando mis ojos se cerraron, dispuestos a hundirse junto a mi conciencia en ese beso húmedo.

Aquella tarde tranquila de sábado, y junto a ese hermoso cuerpo de mulata virgen. Mis entrañas parecían calmas bajo ese cielo nublado. Ese beso sin darme cuenta se extendió. Nuestros párpados se deshicieron del mundo exterior, nos negaban por un instante los colores, las formas y las luces. Nuestras conciencias se encontraban en un cuarto oscuro, mientras por fuera, en ese otro mundo lejano, que por el momento no queríamos ver, nuestras bocas rosadas y liquidas se debatían un discurso silencioso, un circunloquio abstracto de sensaciones.

Mis manos se escondieron bajo su blusa, arrastrándose por si solas bajo sus sostén, como buscando la respuesta a una pregunta que aun no existía, dibujando en mi mente la silueta de aquellos pechos. Sus pezones, al tacto, eran hermosos, hacían juego con el lunar que se encontraba a un costado de uno de sus senos tibios.

Nuestras respiraciones parecían narrar en silencio las batallas interminables y apasionadas de dos amantes buscando en cualquier guerra los restos de la razón de su delirio.

Esas historias en nuestras horas más silenciosas, bajo ese cielo gris de agosto fueron la dulzura que en años anteriores me había faltado. Ella era un nuevo aire en mi bahía. Un castillo gigantesco en la montaña mas alta de mi imaginario.

Esa adolescente con aire inteligente, de ojos color caoba, labios rosados y piel tostada, se había aparecido en mi vida de la nada, como un cometa luminoso, como un estallido improvisado del porvenir, como un esfuerzo por devolverme las fuerzas que los años que antecedieron ese día me habían quitado a golpes violentos.

Fue en ese sencillo pero vital momento, rodeado de ese discreto olor a musgo y ese tono melancólico en la luz de medianoche, lejos de toda duda, de todo innecesario artificio, y de los paradigmas siempre tercos, que comprendí instintivamente, como una reacción básica y primitiva, que esa alegría lucida del que ahora era dichoso, se respiraba, se miraba, y se sentía en las yemas de mis dedos sin ningún costo o impuesto. 

Eso que en mis noches mas oscuras parecía lejano, en esa precisa tarde veraniega de agosto, con la lluvia rodeándonos y el sollozo de las nubes melancólicas de esa pequeña localidad, y justo en esa, nuestra colina circunspecta, me encontré dentro una burbuja con mi amada, en un momento, que el resto del mundo llamaba ‘felicidad’.



Ese día, y en ese preciso instante, parecía que Dios habitaba en el mundo.



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