El niño de la pelota

Un día un niño se acerco a mi y me dijo que se sentía entusiasmado por crecer, que a veces soñaba con su adultez, que le fascinaba la idea de poder mandarse solo, de tener todas las cosas que había deseado sin tener que pedírselas a sus papás, que le gustaba pensar que llegando a ser adulto podría desvelarse viendo la televisión y podría comer toda la chatarra que quisiera. Fue una afirmación interesante, no niego que recordé esos sueños de infante, alguna vez yo pensé de una manera similar a la de aquel niño.
De hecho recuerdo muy bien cuando veía a la gente mayor con entusiasmo. Miraba a mi padre, fuerte y seguro de si mismo, observaba con atención como por la noches bajaba solo a apagar la luz de la sala con una valentía admirable. También recuerdo muy bien las veces que mi madre nos iba a consolar cuando nos caíamos por accidente al piso y nos raspábamos las rodillas, entre esos moretones ensangrentados y entre esas  lagrimas de cocodrilo mi madre encontraba las palabras perfectas para que volvieran mis fuerzas de “superhéroe” y lograra levantarme un poco mas tranquilo. Recuerdo todas aquellas anécdotas de anhelo infantil y fue entonces cuando aquel niño frente a mi en ese pequeño parque me recordó todo lo anterior. Yo solo pude sonreír con una cara pensativa, el niño de inmediato volvió a la cancha de futbol pateando la pelota que por un mal golpe había caído bajo mis pies. Yo me quede sumergido en mi soliloquio, pensando todas aquellas cosas que el niño de la pelota había hecho surgir.

Por una extraña razón -bueno, no tan extraña- se vino a mi mente el rostro de aquella mujer, si, esa de la que hablo en casi todos mis relatos. Esta vez las cosas resultaban muy complicadas. El niño gritaba de lejos palabras que en un principio no pude entender, la segunda vez puse mucha atención a sus palabras, pues aquella voz aguda me había ya, sacado un rato de mis circunloquios.

-Yo ya soy grande, ya no soy un niño, ya estoy grande, tengo 8 años, ¿tu cuantos tienes?

-6 años –dijo el niño que desde hace rato jugaba el mismo juego que “el niño de la pelota”- pero mi mamá dice que para mi edad estoy mas alto.

Y era verdad. El segundo niño estaba de una estatura similar al de aquel otro niño.

-Entonces ya no somos niños, somos adultos –dijo el primer niño- ya debemos jugar juegos de adultos.

¿juegos de adultos? ¿A que mierda se refería?, en ese instante no me faltaban ganas de lanzarle esas preguntas a aquel niño, a ese niño de la pelota, pero asumí que sería una pregunta muy avanzada para su edad, solo me mantuve en silencio y seguía mirando a aquellos niños debatiendo.

No pasaron ni cinco minutos cuando volví a perderme en mis pensamientos. Ahora no solo pensaba en el entusiasmo que “el niño de la pelota” expresaba, de su fascinación por la gente adulta y su impaciencia por tener mas años, ahora también pensaba en aquellas dos preguntas que me había planteado. Y es que seamos razonables, ¿a que juegan los adultos?. ¿Destruirse mutuamente podría contar como juego?.

Y de nuevo me vi interrumpido por un acto que se mostraba frente a mis ojos. Una niña de vestido azul, un poco sucio, junto con otra niña, un poco mas pequeña de estatura con un pantalón rosa y una camisa amarilla pasaron junto a mi. Llamaron mi atención de inmediato por el olor que emanaban sus pequeños cuerpo, para ser mas específico, sus pequeñas caras. Ambas olían a caramelo, ustedes saben, ese caramelo al que alguna vez olimos nosotros en nuestra niñez. Pude percatarme que sus caras estaban manchadas un poco de tierra y otro tanto de caramelo rojo.

Aquellas niñas de pómulos carnosos se pararon frente a mi, es decir, a un costado de la cancha de futbol. Miraban al niño, que supuestamente era el más lindo, ese era “el niño de la pelota”, ese mismo que se había atravesado en mi existencia en forma de un chispazo y me había planteado de alguna forma unas preguntas que por el momento yo no lograba responder.

Las niñas se carcajeaban, se decían cosas al oído y volvían sus carcajadas. Entonces todas aquellas preguntas volvieron a mi, pero ahora convertidas en una sola. Apareció como una pequeña epifanía. Pude aclarar mis pensamiento con el pequeño espectáculo infantil del cual era el único “adulto” testigo. Observaba un acto de “amor infantil”, un coqueteo inocente, un rayo de ilusión para aquellas niñas.

¿Que nos había sucedido?, me preguntaba a mi mismo mientras no dejaba de mirar a las niñas reír. En ese momento me pareció que el amor de alguna forma nos iba corrompiendo a través del tiempo. En ese otro segundo recordé a mi primer “noviecita”, recordé la manera en que nos hicimos novios, recordé un poco de lo que sentí cuando supe que yo también le gustaba. Fue emocionante sin duda.

“EL AMOR CORROMPE” se repitió de repente esa frase en mi cabeza. Cometí el error de seguirle la corriente a ese pensamiento y me vi envuelto de nuevo por otro soliloquio, comencé a enfocarme en esa idea, comencé a recordar y a tratar de contar todas las veces que el amor me había corrompido de alguna forma. Tu bien sabes, querido lector, que a cada relación, a cada nueva decepción, y a cada relación terminada, algo en nosotros (la gente grande) cambia, se transforma, se rompe o se corrompe. Tú querido lector, bien sabes que nunca se termina siendo el mismo después de “alguien”.

No sé si llamarle metamorfosis o evolución, solo puedo externar mi concepto de madurez, es la anulación de ciertas cosas, de ciertos conceptos, a cada nueva relación existe una nueva muralla dentro de nosotros, y a cada nueva muralla existe una puerta más selecta, y no olvidemos la ventana, para ver muy bien a la persona que llama a la puerta.


¡Oh, eureka!, tengo una posible respuesta para “el niño de la pelota”. Crecer es acercarse a la muerte, pero no solo eso, madurar es la acumulación de desilusiones. Cada día “las personas grandes” terminamos matando algo, quizá en la mayoría de las veces a nosotros mismos. En fin, creo que esa respuesta no cabra en esa pequeña e inocente cabeza de 8 años, y ¿quién soy yo para corromperlo? . En fin, que lo corrompa el amor.

Comentarios

Entradas populares