Sophia

Existe un silencio, un hermoso silencio en el crepúsculo. Me fascina como se ven sus ojos tibios, líquidos, imaginarios en algún punto de ese brillo tímido, producto de la débil luz de su lámpara de gas.

Las ruinas que se encuentran dentro de esa pequeña habitación me traen de regreso los viejos recuerdos que se pasean por mi conciencia en aquellas tardes lúgubres dentro de mi “madriguera”, mejor conocida como mi taller, allí donde paso la mayor parte del tiempo, quejándome silenciosamente, quejándome con las manos, creando una destrucción incomprensible, como aquella vez que compre un pollo desplumado y lo crucifique en unos palos ayudados por unos cuantos alambres viejos.

Esa había sido una buena escultura fotografiada por Sophia, mi cómplice y ayudante en la creación de nuevas bellezas, de mundos artificiales. Ella había escrito meses antes una historia, digna de producirse en un cortometraje que duraría aproximadamente 7 minutos, y que sin embargo había preferido quemar frente a mis ojos, diciéndome que el verdadero arte era el que moría inmediatamente, que la verdadera creación artística era aquella que se consumía frente a nuestros ojos, y eso estaba sucediendo, las 15 hojas de historia que me había leído una hora antes, se estaban consumiendo frente a mi. Ese arte era realmente efímero, solo existía  -como argumentaba Sophia- 3 veces: En el momento de la creación, vista y tocada solo por el artífice, después contemplada por 1 o mas espectadores distintos al artista y el tercer y ultimo momento de vida de la obra era cuando se consumía a manos del mismo artífice, pues ella decía que solo el artista es el único con derecho a destruir sus propia obra, pues el acto de destrucción por si solo, era una obra de arte. “La contemplación de la destrucción, del ocaso de una obra es suficiente argumento para justificar el principio de la vida, del ser, es más, es argumento suficiente para justificar la existencia de Dios. El ocaso es un momento impreciso pero real en la vida de todo ser, objeto o cuerpo. La muerte del hombre es necesaria, la caída de este resulta oportuno para el resurgimiento del mismo, todo aquello que exista debe cambiar de forma, de textura, de estado. Dios nos daña, porque dañar significa transgredir y transgredir obliga a cambiar, bienaventurado sea todo aquello que daña, que cambia, que transforma. ¡la destrucción es arte!”.

Lo anterior era dicho con suma pasión por aquella mujer, esa mujer dotada de una inteligencia hermosa, misteriosa, mística y artística, en  ciertos momentos específicos me veía atraído fuertemente por sus labios rosas, carnosos y húmedos –me gustaba demasiado cuando estos se veían rosados por la luz que entraba por las ventanas, la saliva aclaraba su carne en tonos menos intensos de carmín- Sin duda, Sophie era un buen partido para cualquier hombre inteligente y ambicioso, ella era muy inteligente, guapa y su cuerpo poseía líneas tan finas que de vez en cuando se detallaban en sus prendas, como aquel vestido que en ese momento llevaba encima. Había ciertos movimientos que pegaban sus prendas en algunas partes especificas de su anatomía. Debo decir que nunca me atreví a desnudarla con la mente, aunque no tenía duda de que algún otro hombre ya lo hubiese hecho antes.

Sophia venia a mi taller cada 3 días y los sábados estaba todo el día metida en la habitación en donde me dedicaba a moldear esculturas de escalas muy grandes. El piso de ese rincón estaba repleto de palos de madera con barro y pasta para moldear seca. Era uno de sus lugares favoritos en todo el taller. Decía que le gustaba el olor a tierra mojada- Ahí, en ese lugar, regularmente se sentaba en la loseta blanca, se recargaba en la pared y escribía en su libreta algunas ideas que tenia sobre cortometrajes o simplemente cuentos infantiles, que después, leía a los niños en los parques o bien, utilizaba un poco más su tiempo para hacer marionetas de los personajes que ella inventaba y montaba obras completas para así mostrárselas de igual manera a los infantes, en ocasiones ella me invitaba para ayudarle. Una vez fuimos a un kínder que se encontraba cerca del taller. Al termino de la obra una pequeña niña de unos 4 años aproximadamente, de ojos color miel y labios pequeñitos y rosados se acerco a mi con una inocente cara de curiosidad, me sonrió un poco apenada, señalo una de las marionetas que tenia en mi mano derecha, después de haber señalado se llevo la mano a su boca, haciendo ademanes de vergüenza, era tímida esa hermosa niña. Yo poco a poco comenzaba a mover la marioneta, como si esta tomara vida progresivamente, la figura humanoide fue levantándose poco a poco del piso. Levante la cara de esta peculiar marioneta, era de un payaso muy contento.

La niña miraba a este pequeño ser con tal fascinación que en su pequeña cabecita parecía que había desaparecido todo el mundo, solo era ella y la marioneta. Comencé a sugerir con movimientos un poco más marcados, un monologo cómico, cosa que a la niña la mantenía tan entretenida. No pude percatarme en que momento había llegado Sophie a la escena, me di cuenta que nos observaba a mi, a la niña y a la marioneta, cuando acabe de ejecutar el acto cómico frente a la pequeña, cuando levante el rostro, esa figura femenina de 1. 61 de estatura, me veía con ojos de ternura. De inmediato le hablo a la niña y esta con saltos contentos se dirigió hacia ella. Sophie la cargo y le dijo algo al oído, la pequeña me volteo a ver y empezó a reír, Sophie llevo a la niña hacia donde estaban jugando un grupo de otras niñas con muñecas y la dejo ahí. Sophie volvió hacia mi y me dijo que cada vez que me veía interactuando con algún niño, y la manera tan torpe pero tan linda en que me esforzaba para entretenerlos o sacarles una sonrisa era una de las formas mas dulces de corroborar que había sido un buen padre.

Sophie era bella, bellísima diría yo, y lo que me ocurría con ella era como una especie de enamoramiento de a ratos, no era su físico lo que la volvía hermosa, no eran esos rizos castaños lo que a veces me enloquecía en ella, no era esa mirada retadora a toda hora lo que me atraía, ni mucho menos esas pupilas claras, profundas, tan absolutas lo que movía cosas en mi. No era su cuerpo delgado y detalladamente definido, tampoco esos labios carnosos y rosados, brillosos naturalmente, tampoco su dentadura perfecta. No, para nada, más allá de todo aquel espectacular físico, Sophie era una mujer sumamente inteligente, con una que otra idea parecida a lo que yo tenia en mente. En demasía, me gustaba lo contradictorio que a veces parecía su comportamiento. A veces era tan tierna conmigo y con los niños, más con los niños claro. Pero la actitud que más practicaba era esa de retar a los hombres, nunca permitía, bajo ninguna circunstancia, mostrarse débil ante los hombre, mucho menos ante los posesivos o agresivos. De alguna manera era indomable, y eso era lo que me atraía fuertemente a veces. Ella sabia que me gustaba su forma de ser, y  se mostraba mas vulnerable conmigo por esa misma razón. Debo aceptarlo querido lector, que todas estas descripciones van mas allá de mentado aprecio inocente del que ya me he jactado por muchos renglones. Y si, no estas equivocado si pensaste en que todo mi discurso escondía algo en concreto. Realmente yo amaba a Sophie como ningún otro hombre podría amarla, la amaba la manera en que a veces se enojaba conmigo, amaba la manera en que observaba atentamente las cosas, amaba sus manos llenas de barro cuando moldeaba una escultura, amaba sus vestidos, amaba sus jeans, sus botas sucias con las que trabajaba en el taller, amaba su aliento a menta, amaba todos sus cuentos, todos sus guiones literarios, amaba su iniciativa, la amaba en su totalidad. Ella lo sabía porque yo se lo decía cada vez que tenia la oportunidad. Ella sabía que la amaba por sobre todas las cosas y ella también me amaba. ¡Si!, conocí el amor, eso era realmente el amor.


Epílogo

En definitiva, esta es una de esas historias imaginarias, de esas que suelo inventar para mi. Sophia no existe, al menos no por ahora, Sophia esta dentro de mi, y no solo en mi cabeza, sé que en alguna parte de mi organismo esta germinando. Sé perfectamente que donde quiera que este produciéndose este maravilloso ser, será una persona hermosa en todos los aspectos.

Sophie, mi amada Sophie, te amo, aún antes de tu existencia, aún antes de tu creación. Donde quiera que estés, y en el tiempo en el que existas, debes saber que esta primera carta la hice con todo el amor y devoción que un padre puede sentir por su creación. Más allá del tiempo y el espacio, mis letras son un vinculo anacrónico, nunca pierdas esta bonita forma de comunicación. Te amo…

Siempre quise escribirte esta primera carta.


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