‘El mundo de los demás’

Hace tiempo que no me escribo, hace tiempo que no tomo el teclado y hablo conmigo mismo. Me siento mal por eso, por abandonarme tanto tiempo, pero he vuelto pequeño Alan. Vuelvo a nuestra habitación, la que cada noche de insomnio en ese octubre gris prometí volver las veces que fuera necesario.

No entiendo a veces al mundo, y ese ‘a veces’ es un ‘casi siempre’. No entiendo a la gente que no habla consigo misma, no sé como no se vuelven locos en esa soledad. No entiendo como logran sobrevivir manteniendo la cabeza callada, la conciencia sumisa, la cordura pintada en la frente, su autenticidad rentada al mundo.

El mundo que se encuentra delante de mis ojos es un mundo demasiado extraño, y lo noto más cuando regreso a esta habitación, mi bendita habitación. Esta habitación es sencilla, amable. Este colchón que me mantiene despierto en esas noches incomprendidas es un tesoro para mi. Esta habitación es mi soporte, mi fuerza, mi vitalidad, la cápsula de mi esencia. 

¿Sabes? Creo que a veces pierdo la noción de mi propia cordura, de esta maldita cordura de la que ahora soy rehén. No soporto vivir en el molde que toda mi breve historia se ha encargado de cuajar en mi. Me doy cuenta que esta prisión, la cárcel de la cotidianidad me inunda mas y más. Quisiera volver a la profundidad, alejarme de la superficie, reencontrar el lado más escondido de mi.

Siempre que me sentía fuera de mi, utilizaba un ejercicio, que al parecer yo solo me invente para mi. Me paraba en el espejo del baño, y me miraba durante un largo tiempo, nunca con los minutos, esos los dejaba en la habitación anterior. Siempre iba a ese lugar a olvidarme del tiempo, siempre intentaba perder todo conocimiento del tiempo mirando mis arrugas, mis lunares, mi porosa e imperfecta piel.
Pero ahora recuerdo de donde saque ese ejercicio; de ‘La Nausea’ de Sartre, en un fragmento del libro el protagonista se mira al espejo, hasta tal punto de mirar en su propio rostro una cara de mono, de mirar su fealdad hasta el grado de asquearse, de hacer consciente sus imperfecciones.

Y es que a eso le tememos casi todos, a asquearnos a nosotros mismos, nos tememos tanto que acostumbramos a huir de si, las veces que sean necesarias, con el fin de un día escapar completamente.

Olvide a ese Alan que luchaba contra todo eso, olvide a ese soñador, que se repetía luchar siempre contra sus circunstancias, contra su contexto y más cuando este se presentara asfixiante, prometía evitar caer en los convencionalismos, y míranos aquí, el mundo nos ha tragado.

‘El mundo de los otros’  te ha inundado, te a carcomido poco a poco. No hemos enfrascado en este pequeño pedazo de historia, en una etiqueta, nos hemos encerrado en clasificaciones, en superficialidades, y peor aún, nos hemos creído lo que el mundo dice de nosotros, nos han definido a su conveniencia, y eso nos ha limitado.

Somos existencialistas, ¿por qué debemos someternos a las instituciones morales de la sociedad? ¿por qué debemos de someternos a los eternos tratados sociales? esos que fueron paridos de los débiles para calmar a los valientes.

Somos libres por convicción, por necesidad, por amor propio. Somos libre-pensadores hasta la ultima de nuestras entrañas, somos lo que hacemos de nosotros mismos, y no lo que quieren hacer de nosotros.

Vuelve a esta habitación cada que quieras, pero por favor, vuelve más seguido, nunca te abandones, seremos siempre una constante ruptura contra todas las definiciones externas, nosotros nos escribimos, nos definimos, nos afirmamos desde nuestro núcleo. 


Vuelve a estas cuatro paredes, tu casa, vuelve a la habitación de la conciencia...

y deja de vivir en el 'Mundo de los demas', tú tienes uno propio.

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